Image by Ian Schneider on Unsplash
AÑO NUEVO.
PROPÓSITOS NUEVOS.
Enero siempre llega cargado de regalos y de promesas. Entre ellas, la más peligrosa: este año voy a hacerlo mejor. Mejor trabajo, mejores decisiones, menos desgaste, más sentido.
Y, sin embargo, a muchos profesionales de la publicidad su trabajo se les hace cada año un poco más cuesta arriba. No porque sean peores que antes, ni porque tengan menos talento. Sino porque llevan demasiado tiempo sin cuidar las condiciones que hacen posible el buen trabajo. Y, lo peor, es que no se han dado ni cuenta.
No hablo de clientes, ni de presupuestos, ni de deadlines, ni de siquiera respetar el horario laboral. Hablo de ti como profesional. De toda aquella energía que solías tener, de tu criterio, de esa capacidad para pensar con claridad que tantas veces te sacó de más de un apuro.
Quizá este año los propósitos que merecen la pena no son los que prometen más resultados, sino los que te devuelven cosas que la industria te ha ido quitando poco a poco.
Propósitos que te devuelven algo que la publicidad te va quitando.
Cada año hacemos lo mismo. Miramos los doce meses que tenemos por delante y los comprimimos en una promesa gigante. Como si doce meses pudieran resumirse en una sola promesa bien escrita. Como si el simple hecho de declararlo en voz alta fuera suficiente para que ocurra.
En publicidad esto es especialmente peligroso, porque estamos acostumbrados a pensar a lo grande. Big ideas, campañas, lanzamientos, presupuestos anuales. Y sin darnos cuenta, trasladamos esa misma lógica a nuestra vida profesional. El problema es que el año no se vive en bloques de doce meses, sino en días normales, en reuniones mediocres de una hora de duración, en decisiones pequeñas que casi siempre pasan desapercibidas. Y ahí es donde se rompen los propósitos. Simplemente porque los diseñaste a una escala que no se puede sostener en el día a día.
Deseos disfrazados de propósitos.
Otra de las razones por la que muchos propósitos no llegan muy lejos no es la falta de disciplina ni de ganas, sino cómo los formulamos.
A menudo no nos proponemos cosas sobre las que tengamos total control, sino cosas que esperamos que pasen. Estar mejor. Disfrutar más. Crecer personal o profesionalmente. En principio suena bien, reconfortante, pero no dicen qué vas a hacer distinto mañana cuando vuelvas a sentarte a trabajar en la oficina. Son estados deseados, no decisiones tomadas.
También están los propósitos que miran hacia afuera, hacia los demás. Los que, sin decirlo explícitamente, necesitan que algo cambie alrededor para poder cumplirse, como el contexto, el ritmo o, aún más complicado la gente. 
No vamos a entrar aquí en si estos propósitos son una forma de protegerse delegando responsabilidades. Pero lo que sí está claro es que si tu propósito empieza esperando que algo externo mejore, lo más probable es que se quede esperando el resto del año.
Por eso muchos propósitos te hacen sentir bien cuando los escribes, pero no aguantan el primer choque con la rutina. No porque estén mal planteados, sino porque no dependen de ti.
Y ahí es donde deberíamos parar un segundo, no para rebajar la ambición, sino para cambiar el punto de partida. Porque los propósitos que funcionan no empiezan en lo que te gustaría conseguir, empiezan con lo que estás dispuesto a cambiar.
Donde sí merece la pena poner la energía.
Una vez que entiendes por qué fallan la mayoría de los propósitos de Año Nuevo, aparece una verdad que al principio incomoda, pero que en realidad libera bastante. El control que tienes sobre tu trabajo es parcial. Y aún así, es suficiente.
No controlas el entorno, ni los procesos de la agencia, ni a tus compañeros de trabajo. Pero sí controlas cómo navegas tú esa realidad.
Este año seguirás sin poder elegir los briefings que te llegan ni marcar el ritmo al que avanzan los proyectos. Pretender lo contrario solo genera frustración.
Lo que sí puedes hacer es separar el entorno de tu comportamiento dentro de él. Por ejemplo, no puedes decidir el briefing, pero sí cómo lo interpretas. No puedes decidir el ritmo, pero sí qué sacrificas y qué no para sostenerlo. No puedes decidir todas las conversaciones que mantendrás, pero sí tendrás total control sobre tu propia actitud y cómo afrontar cada situación, como un reto positivo o como una derrota épica.
Esa diferencia parece pequeña, pero lo cambia todo. Porque deja de tratarse de ganar o perder, y pasa a tratarse de cómo juegas la partida que te ha tocado. Y ahí es donde muchos de nosotros nos equivocamos, intentando que el año sea distinto sin tocar nada de cómo trabajamos cada semana.
Ejemplos concretos de lo que sí merece la pena cambiar.
Después de todo lo anterior, la lista se reduce mucho. No porque haya pocas cosas que mejorar, sino porque muy pocas merecen tu energía.
Si este año vas a comprometerte con algo, que sean con decisiones que puedas repetir sin pedirle nada a nadie.
Volver a practicar creatividad sin que haya nada en juego.
Este es uno de los propósitos más efectivos y menos obvios. Crear sin cliente, sin briefing y sin feedback no es un lujo ni una pérdida de tiempo. Te devuelve algo que el trabajo diario suele erosionar, tu curiosidad y confianza. Piénsalo, si solo creas cuando te evalúan, tarde o temprano empiezas a jugar a no fallar en vez de explorar. Así que mi recomendación es que encuentres un espacio donde probar cosas sin miedo a equivocarte. Vamos, que te busques un hobby. Porque ahí es donde se afila el criterio que luego usas cuando sí hay presión.
Dejar de tratar el cuerpo como si no formara parte del trabajo.
Pensar bien es difícil cuando llevas horas cansado y sin moverte. Básicamente, porque el cuerpo también participa en cómo tomas decisiones, en tu paciencia y, sobre todo, en tu claridad. En publicidad hemos normalizado jornadas enteras sentados, enlazando reuniones, presentaciones y pantallas como si no tuviera impacto en el trabajo. Y lo tiene. No va de hacer deporte ni de cambiar de vida. Va de no llegar agotado a cada decisión importante y de entender que cuidar el cuerpo no es un extra saludable, sino una condición básica para trabajar mejor.
Reservar tiempo para pensar, aunque no produzca nada visible.
Merece la pena dedicar tiempo a actividades sin resultados visibles. Tiempo para pensar sin input constante, sin tener que justificarlo con resultados inmediatos. Sin ese tiempo, o espacio, el trabajo se vuelve reactivo y el criterio se diluye entre notificaciones y emails. 
Empezar a cuidar tu energía social.
Este es quizás uno de los propósitos más silenciosos y transformadores. Presta atención a qué dinámicas te activan y cuáles te agotan. No para evitarlas, sino para no encadenar desgaste sin darte cuenta. Si tienes una reunión importante, intenta no colocar justo antes otras que sabes que te van a quitar la energía.
Ninguno de estos propósitos suena especialmente ambicioso, lo sé. Ni siquiera te darán para escribir un post en LinkedIn. Seguro que ni la IA está interesada en escribirte algo sobre esto. Pero todos tienen algo en común. No necesitan permiso de nadie, contexto ideal, ni condiciones perfectas para empezar. Y, además, se pueden repetir semana tras semana sin romperse.
Al final, no iba de propósitos.
Al final, este artículo no iba de propósitos de Año Nuevo. Iba de entender por qué tantas buenas intenciones se rompen siempre en el mismo sitio. Y de asumir que no puedes cambiar el año desde enero, pero sí cambiar cómo trabajas cuando nadie te está mirando.
No se trata de hacer más ni de llegar más lejos. Se trata de trabajar con un poco más de sentido. De tomar decisiones un poco mejores. De cuidar las condiciones que hacen posible el buen trabajo.
Si en diciembre tienes más criterio, menos desgaste y algo más de ganas de seguir en esto, el año habrá ido como tenía que ir. Aunque no lo hayas celebrado, contado, o publicado en LinkedIn. Aunque desde fuera no parezca gran cosa. Y, en esta industria, llegar al 31 de diciembre con ganas de seguir ya es todo un logro.
🎯 ¿Y ahora qué? 
Si has llegado hasta aquí y aún no has escuchado el episodio 8 de El Sí Invisible sobre propósitos de Año Nuevo, deberías empezar prometiéndote algo sencillo: hacerlo en cuanto cierres esta página. No empieces mal el año, que luego nos quejamos.  Puedes escucharlo aquí 🎧
Y si lo quieres bordar, suscríbete al podcast. Evita perderte episodios que, con suerte, te vendrán bien durante este nuevo año.
Ahora, si lo que de verdad quieres es empezar 2026 como un auténtico campeón, ve a LinkedIn, busca mi perfil @RobertoPlatas y suscríbete a la newsletter de El Sí Invisible. Así no tienes que volver por aquí cada dos semanas a ver si hay algo nuevo. Te llega sola, que bastante tienes ya en la cabeza.

Feliz año.
Back to Top